30AÑOSde elAGORA

II y última parte

Mariano Agora

Se festejan los treinta años de El Ágora de la Ciudad, un espacio que en más de un sentido además del urbanístico resulta central en la vida cultural de Xalapa. Sin embargo, el festejo soslaya que papel tan central no pocas veces ha sido secundario.

La concepción misma de El Ágora, en su acepción institucional no helenística, define su naturaleza. El FONAPAS se crea como parte de la política de atención a las familias durante el régimen lopez portillista, complemento diríamos de la atención material que tan bien encarna el DIF, vestigio de una época en que se consideraba como idóneo el bienestar intelectual y físico tanto como el material. El Ágora, esa figura que como ya dijimos en nuestra entrega anterior, reúne los atributos de un salón cultural y una casa de cultura en la noción tradicional y provinciana, se propone ser un espacio de cohesión antes que de polémica. Representa por antonomasia los valores institucionales, el apego a la tradición. Por ello, si bien El Agora de la Ciudad, concentrándonos ya en el espacio de Xalapa no en aquellos otros que compartieron el nombre y que hoy, a lo largo de la república, han devenido museos, casas de cultura o auditorios, ha ofrecido y permitido una serie de actividades artísticas y culturales, de otro modo difíciles e incluso impensables en Xalapa, también ha sido un sitio por completo cerrado, reacio al significado original de un ágora: territorio de libre encuentro.

Pa’ muestra basta una peli

A lo largo de su trayectoria e independientemente de sus directores, coordinadores o encargados responsables, la mejor prestación de El Agora a Xalapa ha sido cinematográfica. Desde la fundación promovida por Rebeca Bouchez y la posterior asunción del encargado de actividades cinematográficas  como responsable, Roberto Jiménez, hasta nuestros días, cuando Eber García, bajo la tutela de Alejandro Mariano, se ocupa de la programación cinematográfica, El Ágora ha fungido a la vez como cineclub que exhibe películas inéditas en Xalapa, hasta sala de lujo para estrenos de otro modo inadvertidos por el exigente pero muchas veces miope público cinéfilo, quien precisa de la legitimación para reconocer a Oliver Stone o a Clint Eastwood como Autores. El Ágora ha permitido festivales, foros, muestras y ha exhibido cintas insólitas en provincia, como el Napoleón de Gance o para contribuir a hagiografías (El Argentino de Steven Soderbergh, Joy Division de Grant Lee ) Es la referencia más visible de la cultura cinéfila. ¿Quién no se ha enternecido cuando una jovencita con ínfulas de nínfula declara que si va al cine, pero “sólo a las del Ágora”?

Importante contribución también la de los talleres de literatura y arte. Ricardo Yáñez estuvo con Bouchez en una primera instancia y volvió a invitación de Indra Olavarrieta. Roberto Jiménez preparó niños que soñaban con la fotografía, algunos de los cuales devendrían artistas, como Jorge Acevedo. Octavio Reyes, quien estuvo con Bouchez y volvió durante la gestión de José Homero, formó jóvenes escritores, entre ellos al periodista Juan José Llanes y el cineasta Fabricio Prada. Alejandro Mariano sin duda atenderá este aspecto y encomendará nuevos talleres de arte, crítica, creación, para conservar ese espíritu de formación que tan bien supo interpretar El Ágora.

Con un auditorio en sus respectivos momentos –ha pasado épocas duras, la actual no es la excepción– tan apropiado y adecuado para difundir una tradición diríamos de teatro de cámara, monólogos, espectáculos unipersonales, El Ágora, con todo, no ha fungido preponderantemente como espacio teatral. Es cierto, en sus comienzos, cuando el presupuesto era por partida doble, se presentó Volpone, llegaron compañías extranjeras, y después siempre hubo representaciones notables, pero no ha tenido continuidad. No es extraño: El Agora privilegió ser sala cinematográfica, pero ahora que no hay cine jueves y viernes, podría abrirse a los grupos emergentes de teatro. Xalapa, ciudad presumidamente teatrera, abunda en teatreros y carece de teatros. El Agora debería de asumir este reto. El Foro Abierto se ha convertido, en los últimos años, gracias a las sugerencias que Bouchez recibiera de su hija, en un territorio para las nuevas propuestas de danza y de música, rock en especial, pero igualmente son, reggae, blues y alternativo. Mariano ha conservado ese espíritu. Para redondear deberían de ofrecerse conciertos no gratuitos en el Auditorio, cuando los grupos ameriten una presentación que permita apreciar su música con propiedad.

Plástica de plástico

Zenil_Bride

Paradójicamente, el área que junto con el cine más se ha atendido es la plástica. Al contar con espacios para su uso como galería –espacios que en la remodelación se extendieron más allá del ámbito tradicionalmente destinado para tal–, El Ágora ha ofrecido cientos de exposiciones. ¿Dónde la paradoja? Que para el elevado número de expositores la calidad ha sido escasa. El Agora, acaso en sus primeros años, no ha sido nunca, plásticamente, centro de la actividad artística. En los últimos ochenta lo fue la Galería Ramón Alva de la Canal, con Javier Puchetta, en los noventa; la Galería de Arte Contemporáneo, con Guillermo Villar primero y después con Carmen Díaz; y claro la Pinacoteca Diego Rivera con Francisco Vidargas ; en esta década, la Marie Louise Ferrari, el Jardín de las Esculturas –cuando Manuel Velásquez y Angélica Ayala…–y como nunca la Pinacoteca, que gracias a la perspicacia y las habilidades políticas de Jorge Duarte ha pasado a desempeñar un papel central en la vida de Xalapa. El Agora entre tanto, salvo experiencias aisladas que han buscado ofrecer algo distinto, se ha mantenido como un recinto tradicional. Ha sido conservador, institucional y espacio para artistas y exhibiciones lamentables. Los pocos y aislados escándalos que se han suscitado fueron también aportados por las exposiciones: una fotografía de Miguel Fematt robada, posteriormente aparecida en un cesto arrugada y rota; el retiro de un cuadro que Rebeca Bouchez efectuó con base en su criterio debido a la presencia de un icono nazi que motivó una nota en La Jornada No han estado los mejores artistas de la ciudad, salvo excepciones, y mucho menos se han presentado los artistas más importantes de los últimos tiempos. Pocos nombres que oponer a las exposiciones en otros espacios. Las excepciones serían Guillermo Arreola, con Bouchez; y Nahum Zenil y Soid Pastrana, con Mariano. Mucha basura en cambio, mucha apertura que sólo abarata el lugar. Y en todas las administraciones: ¿no acabamos de ver una terrible muestra de impotencia creativa en julio, la exposición de Isidro Laisequilla? ¿No se prepara una muestra de un artista papanteco recomendado desde Palacio? ¿No hay quien cree que el espantoso pero bien promovido Pedro Trueba es un artista?

Sería ingenuo pedir que en El Agora dejaran de exponer los recomendados por el gobernador o la Primera Dama, o que los directores y coordinadores no aprovecharan para saldar sus deudas pendientes, pero sí se apreciaría un mayor rigor en la selección de los artistas. Un buen artista de cuando en cuando sería maravilloso. El Agora es uno de los espacios más conocidos de Xalapa, por ende el que mayor público foráneo atrae. Exponer, bajo la premisa de que se trata de un artista xalapeño o veracruzano o representante de los valores populares, no favorece a la impresión de Xalapa como un lugar de cultura. Ya bastante tenemos con la depauperización de la Galería de Arte Contemporáneo, con el eclipse de El Jardín de las Esculturas, para que El Ágora, bajo la excusa de la demagogia y la confusión de las relaciones públicas con la promoción del arte, continúe cobijando falsos y provincianos prestigios.

Década perdida

El Agora es un espacio institucional. El papel central con que surge y la vocación ecuménica desaparece ante la ausencia de presupuestos. Desde su fundación hasta hoy su mantenimiento y la manera de encontrar recursos han sido la preocupación fundamental. No han existido las más de las veces proyectos sino programas. Al no existir una idea definida de la promoción cultural las administraciones han convertido a El Agora en un cineclub, una galería que privilegia lo xalapeño y lo provinciano, y en un auditorio que se presta al mejor postor. Billete manda y gobernador favorece.

Las administraciones estatales, los gobernadores pues, y sus caprichos, han impuesto y depuesto directores y administradores. Gracias a la influencia de Rafael Hernández Villalpando, creador de Encuentros y Ritmos, El Agora, durante el gobierno emergente de Dante Delgado Rannauro, se sumió en la decadencia total. Viva la vileza. De ahí surge el papel preponderante de la Galería del Estado, hoy de Arte Contemporáneo, a la que Delgado restaura y Chirinos aprovecha, A Chirinos, quien legó la tarea cultural al polémico Rafael Arias, tampoco le interesó retomar a El Agora como sitio de cultura, pese a que, de lejos, sea el último sexenio donde hubo noción de cultura en nuestro estado. Fue la década de los espacios del IVEC.

La década perdida sólo se palió con el arribo, una vez más, de Rebeca Bouchez, quien convenció a Miguel Alemán de la importancia del recinto histórico y su rescate. Es necesario un balance de estos últimos nueve años de gestión. Sin embargo puede decirse sin pensarlo demasiado que en esta cuarta etapa de El Agora –la primera es la del origen y gestación; la segunda, ya con un presupuesto exiguo, de resistencia; la tercera, de decadencia; la cuarta, la de la restauración– ha predominado el lucro –los espacios se concesionaron– y la cultura de relumbrón. Una exposición se mide no por la calidad de las obras expuestas sino por el número de asistentes. Un gran conferencista será aquel que convoque a personajes de la socialité y de la política. El éxito tiene que ver con la presencia del gobernador y la importancia del acto por el número de acompañantes del séquito. Como espectador y como diletante y diletonto no estoy de acuerdo en esa creciente idea de los gestores culturales de convertir exposiciones y presentaciones en una feria. Los músicos, las rifas, los actos maratónicos, no atraen a un público lego, sólo la convierten en una tortura para los interesados en asistir. Una recomendación: olvídense de rifas, de grupos de jazz, son, rock, música de cámara –por cierto, qué horrible toca la Orquesta de Cámara del Ayuntamiento– y sirvan más vino. Es lo único que hace soportable malos cuadros, música espantosa y gente fea e indeseable. Si quieren aumentar en sus informes el número de asistentes, eleven calidad y cantidad de vino. En la culta Xalapa sólo eso funciona cuando lo que se pretende es cantidad y no calidad.

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