COMPARECENCIA DE GUSTAVO SOUZA

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PRESUPUESTOS DE CULTURA


En 2000, Vicente Fox revisó en público las partidas presupuestales del gobierno saliente para preparar las de su gobierno. Al recibir el fólder correspondiente a cultura, perplejo miró la cifra y espetó: ¿por qué tanto? Su comentario, que presagiaba una reducción drástica, quedó en la anécdota. Si bien es cierto que el presupuesto no aumentó, permaneció en los linderos de la administración anterior, la de Zedillo, seis mil millones para el primer año de gobierno, lo cual ensombrece aún más el paisaje reciente.

El gesto de Fox expresó el asombro de que algo tan inútil, a ojos de un criterio gerencial, fuera tan caro. Calderón, quien pudo asesorarse y contar entre sus consejeros a especialistas como Lucina Jiménez o Sabina Berman, autoras de Democracia cultural (FCE, 2006), del que tomo la anécdota, prefirió un intelectual con dotes de gerente: a Sergio Vela, quien trabajó en el Cervantino y tuvo el gran mérito de estudiar con el presidente. En una decisión irresponsable, Calderón, quien no es muy popular entre los artistas e intelectuales, redujo en 30% al presupuesto, no sólo al del ámbito cultural sino asimismo al de Educación. ¿Es una venganza por el apoyo incondicional del sector, en su mayoría, a AMLO? ¿O refleja la ignorancia no sólo de Calderón sino de su equipo? Calderón se ha apresurado a argüir que esta reducción responde a la disminución de los ingresos por la exportación de petróleo. Lo que se soslaya es que por ejemplo hay alternativas para evitar esta sangría. La reducción de las partidas asignadas, por ejemplo, al financiamiento de los partidos políticos.La reducción del presupuesto no afecta a la burocracia, aunque sería menester un ajuste en este tenor, ya que el 90 % del presupuesto de las instituciones de cultura se concentra en los sueldos, de ahí la ausencia crónica de pagos de honorarios por presentaciones, talleres y demás, a quienes son la materia prima con que se preparan los programas de cultura: los creadores, investigadores, promotores y gestores. No debemos olvidar que la cultura no son sólo las becas y las canonjías, es también la conservación de nuestro patrimonio, el apoyo a las expresiones populares —algunas de las cuales dejarían dinero si se vieran como eso, como inversión: por ejemplo, las artesanías, por ejemplo, un ballet autóctono, la ropa criolla, en fin. Con un presupuesto así, aún menor del ya menor que padecimos con Fox —no olvidemos que en 2004 se efectúo una reducción del 14.54 por ciento en el presupuesto a tal rubro—, que es más o menos el que teníamos con Zedillo hará doce años, México se entrega eufórico al retraso.

Según declaraciones del diputado Emilio Ullua, presidente de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, poco antes de concluir su periodo, el secretario de Educación y Cultura, Reyes Tamez Guerra le entregó su propuesta presupuestal para 2007: 9 mil 506 millones de pesos, que contrasta con el presentado finalmente por el Ejecutivo. Calderón podría convertirse en el presidente que sí entendió que la cultura es un concepto que está más allá de los museos, el fasto y las becas y un venero aún no explotado. Prefiere aparecer como el Joven Manos de Tijera. Es lamentable por supuesto la reducción pero más lamentable que no comprenda que la cultura puede ser uno de los auténticos pivotes para la transformación de México. Es indisociable de la calidad de vida y del bienestar; de la armonía y de la ética; de la educación y la sensibilidad. Y no polarizo el asunto fácilmente: no critico el aumento otorgado a las fuerzas militares ni a la seguridad pública —tendencia que en nuestro estado ya se había dado, por ejemplo—, lamento en cambio que Hacienda sea tan cretina para no apoyar la asignación del ISR de quien así lo desee a producir películas. Calderón seguramente ha pensado lo mismo que Fox: ah, chingaos, ¿pues qué rompimos? No, no han roto nada, pero el país se desmorona y continuará resquebrajándose mientras no se comprenda que uno de los pilares es la cultura, no el catolicismo y mucho menos el catolicismo de bayoneta calada.

Información en La Jornada

SEGUNDO INFORME DE FIDEL HERRERA BELTRÁN

Fidel Herrera hojea el Performance
Fidel Herrera Beltrán,

Gobernador Constitucional del Estado de Veracruz, rindió su Segundo Informe de Gobierno el miércoles 15 de noviembre en el Congreso Local del Palacio Legislativo de Xalapa, Veracruz. La impresión entre los veracruzanos de la gestión de Herrera Beltrán es favorable. El carisma, la tenacidad y la vocación de trabajo del gobernador han revertido el acervo con que obtuvo la gubernatura en las elecciones de 2004, obtenida por estrecho margen. No sólo eso, hábil político, formado en los círculos privilegiados del priismo y alumno avezado y avanzado de algunas de las figuras políticas más señeras de los setenta, Herrera Beltrán posee don de gentes, conoce las necesidades, anhelos e inclinaciones del pueblo y sabe, además, cómo aprovechar la gestión en beneficio de su popularidad, Es un político del pueblo y por ello su popularidad se cimenta, en muchos momentos, en el populismo, una de las formas más conocidas de gobierno y también una de las más peligrosas. La popularidad y la aprobación popular son palpables; los números, las estadísticas y el listado de las obras corroboran la opinión.

No siendo especialistas en tales obras, la revisión de los documentos del Informe parece pausible y soslayo constatar los datos con las obras. En el campo que nos atañe, como periodistas, escritores e intelectuales, y del cual conocemos al menos lo que nuestros ojos ven, el panorama luce menos idílico. La actuación de Fidel en el ámbito de la cultura, más allá del laconismo de las cifras y estadísticas, las cuales constituyen el meollo de su Informe en el rubro de Educación y Cultura –cincuenta y seis páginas, que el curioso lector puede descargar en Portal Veracruz– se ha caracterizado por una ausencia de planeación y por un manejo, oh casualidad, personal, protagónico de las actividades.

Los de adelante corren mucho

En la exposición de fotografías en los corredores de Palacio de Gobierno de 2005, era visible la ausencia de un programa de cultura. Fidel aparecía con figuras claves de la cultura mexicana —José Luis Cuevas, Carlos Monsiváis, Sergio Pitol— y con otras de la escena internacional —Mel Gibson en el pizarrazo de Apocalypto— como si la presencia de tales personalidades o sus premios, fueran producto de su gestión. Las imágenes revelaban y afianzando el gesto ideológico trasunto en las instantáneas: un hombre de acción recorriendo apresurado los pasillos de la FILU, celebrando, bromeando. El exceso de gerundios no procede de la Gran Barata del Palacio sino del tiempo: presente puro que en el registro no concluye. Las imágenes no implican la reflexión sino la actividad. Elogio del movimiento que en términos de cultura contrasta totalmente no sólo con la habitual imagen del hombre sabio —mesurado, reflexivo, características de los gobernantes de la Antigüedad—, sino también con los hechos: la demora inexcusable en la designación del titular de la Secretaría de Turismo, la postergación del Programa de Cultura, el apoyo errático a la Iniciativa de Ley.

Una cultura del caos

Por si esta caótica situación de la que en Performance puntualmente hemos dado cuenta no fuera suficiente, el estilo personal, el populismo pues, con que nuestro Jefe de Gobierno ha preferido afrontar a los artistas, en poco ha ayudado a fortalecer las instituciones. Pedir recursos para la cultura es correr detrás del gobernador en una gira o interpelarlo en la iglesia o en el parque —los ejemplos son fidedignos, no sólo por Fidel: afortunadamente tengo conocidos quienes se ufanan de contarme cómo lograron que el gobernador les diera dinero para sus proyectos—. Y otorgar apoyo a la cultura es entregar sacos con dinero o firmar cheques sin revisión del erario público. La paradoja del populismo es que beneficia a unos pocos pero corrompe a todos.

Por supuesto que este populismo además de debilitar la vida institucional conlleva riesgos. El más famoso de los casos, aunque sabemos que no el único, es el de la asociación civil Caftán Rojo, que a decir de algunos de los implicados en el programa Caravanda, terminó fraudulentamente, sin que el gobernador haya desmentido las acusaciones. ¿Infundios? ¿Verdad? Quien quiera documentar la vida cultural en Veracruz tiene aquí un caso fehaciente: dinero otorgado a particulares, para beneficiar a particulares, que nadie sabe, nadie supo, ni la leche Conasupo, donde quedó el cochupo. La comparecencia del licenciado Gustavo Sousa Escamilla dentro de un par de semanas en el Congreso Local acaso convierta en obsoletas y en erróneas muchas de las preguntas planteadas por este opinador. Por el bien de Veracruz, esperamos que pronto haya un programa, una dirección, una luz en medio del caos que ha constituido y continúa siendo la realidad de la cultura en Veracruz. Ojalá esa luz no sea la que ven los moribundos.