CONSUELO SAIZAR:Turismo o FIESTAScentenarias

 

Caricatura de El FUnzi, publicada en Performance 86

Caricatura de El Funzi, publicada en Performance 86

 

 

La designación de Sergio Vela, reconocido melómano y hombre perteneciente y  familiarizado con la comunidad artística a través de su gestión como director del Festival Cervantino, como director del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes permitía augurar en los comienzos del sexenio de Felipe Calderón un cambio con respecto al manejo de la cultura efectuado durante el sexenio de Vicente Fox. Pocos podíamos intuir que la infamia de Sari Bermúdez, quien nunca cristalizó una Ley de Cultura y ensució su gestión con gastos dudosos y viajes constantes, sería el auténtico legado para Vela. Hoy Sergio Vela, investido de infamia, se retira de la escena y  su gestión queda manchada por gastos dudosos, viajes constantes, escándalos sentimentales –suyos y de sus colaboradores– además de una completa inercia. Si con Sari Bermúdez el CONACULTA estuvo a punto de perecer de frivolidad, con Vela el marasmo, ese estado comatoso que tan bien conocen alcohólicos y dispépticos, es la amenaza no sólo del organismo sino del sistema en lo que a cultura se refiere.

Una somera recapitulación en torno al legado de Sergio Vela tendría que comenzar por la asignación del presupuesto de cultura, no casualmente tema de una de las primeras entregas de este Diletonto. Felipe Calderón redujo el presupuesto asignado a la cultura y la educación en un 30 por ciento. Vela, quien había accedido al puesto por su gestión como gerente del Cervantino y no lo olvidemos, por ser compañero de estudios del presidente en la Escuela Libre de Derecho, era considerado como uno de los miembros de su gabinete más cercanos. Al aceptar un organismo manchado por la inoperancia, la ausencia de leyes, la confusión de cultura con turismo y la impronta de promover al país en el extranjero como un destino pintoresco, Vela signaba y cifraba el derrotero y el sello que marcaría su labor como director del CONACULTA.

Menos cultura más turismo

El recorte con que Vela comenzó su actuación era indicativo, por una parte, del desprecio de Calderón por la cultura y la educación, pero también presagiaba que el signo de su actuación sería mantener la burocracia –el 90 por ciento del presupuesto se destina a mantener a los burócratas y nunca se considera en dicho presupuesto el pago de honorarios por los servicios que prestan, a esa burocracia, los creadores a través de programas de cultura, festivales, lecturas, dictámenes, libros, festivales, representaciones y ejecuciones artísticas.

Con un presupuesto así, menor del disminuido desde Fox —no olvidemos que en 2004 se efectúo una reducción del 14.54 por ciento en el presupuesto a tal rubro—, inferior al que teníamos con Zedillo hará doce años, Calderón demostró su total cerrazón a considerar la cultura como uno de los auténticos pivotes para la transformación de México. Difícil que cambie esta perspectiva con la designación de Consuelo Sáizar, quien desde los últimos seis meses había sido considerada el relevo natural de Sergio Vela. No cuestiono ni critico la actuación de Sáizar, quien despidió del Fondo de Cultura Económica a un emblema de la institución, como lo era Adolfo Castañón, y relevó a Daniel Goldin, director de la exitosa colección A la orilla del viento, además de privilegiar a ciertos grupos de poder, porque todos los directores han actuado de ese modo, incluyendo a quienes más criticaron la ausencia de democracia –digamos Celorio, no sé qué Gonzalo–, tampoco critico que el objetivo haya sido comercializar los libros pues no compartimos la superstición de que los libros deban de ser almacenados. Más que la eficiencia que Consuelo ha demostrado como gerente –se olvida que además del Fondo también levantó a Jus, una editorial tan católica que se había convertido en Lázaro, sólo que había olvidado resucitar–, el rasgo más notorio que considero decidirá su actuación como directora del CONACULTA es el legado, ya no de Vela, sino de Sari y por añadidura de Fox y Calderón.

¿A qué me refiero? Quiero decir que Vela no pudo enmendar el rumbo de la política cultural que había impreso Sari. La cultura necesita urgentemente una Ley de Cultura, consensada y razonada entre todos los sectores. Problemas inmediatos y escandalosos, como la realización o no de un espectáculo de luz y sonido en las ruinas de Teotihuacan –como los que se realizan por cierto en la Cumbre Tajín desde hace años, que ha motivado igualmente críticas, sólo que acá somos más eficientes pa manejar nuestros tepalcates–, la filmación de comerciales o videos en las ruinas de otros sitios notables por su riqueza arqueológica, quedarían contemplados y solucionados. La ley protegería al patrimonio cultural tangible e intangible, que es la parte más rica de México y al mismo tiempo, desde hace décadas, más desprotegida. Antes se robaban los idolillos, para beneficio de las colecciones extranjeras, ahora se ponen clavitos, tornillitos y se baña con luces radiactivas, las piedras que no pudieron moverse. Como dijera Armando: en todas partes se hacen hoyos.

Si es necesaria la ley de cultura que solucione todos esos escándalos que acompañaron la gestión de Vela, es también necesario que se realice una depuración de la nomenclatura. A Vela le renunciaron diez funcionarios, muchos de ellos amigos cercanos, como Vicente Herrasti, quien se vio envuelto en un escándalo amoroso. Como los que Vela, no casualmente amante de la ópera, protagonizó al presionar a Gabriela Cuevas, para que se permitiera que el restorán ¿Águila o sol?, propiedad de la novia de Vela, volviera a ser abierto. Escándalo que ventiló el probo Jacobo Zabludowsky en su programa de radio. Al no haber una ley o un criterio definido tampoco puede existir demasiada coherencia en las designaciones. Lo urgente es, además de considerar como prioritaria la creación de una legislación, terminar con el criterio del compadrazgo.

De la educación a la seguridad pública

Sáizar no la tiene fácil. Se enfrenta a esos problemas de largo alcance, la legislación y la ineficiencia en el gabinete dejado por Vela, pero sobre todo a la necesidad de resolver, de arreglar los líos que dejó Vela con las figuras de la cultura. No se trata de egos afectados sino de la ausencia de un programa adecuado para la celebración de las fiestas del Centenario y del Bicentenario. No hay programa, no hay una idea clara. Y la celebración es inminente; en unos cuantos meses. Mientras los estadounidenses y los franceses comenzaron a preparar sus fiestas con años de antelación, en México nos hemos visto enfrascados en la disputa y en la ineficiencia.

¿O será que los señores del PAN consideran que no hay nada que festejar? Después de todo la Independencia y la Revolución son culpables de la separación Iglesia-Estado y de la subversión de las castas y privilegios  que usurpaban las “personas decentes”. No es posible augurar nada notable mientras el país se desmorona, Calderón le pide a Sáizar promover el país en el extranjero. Aquí tenemos otro aspecto que es herencia del foxismo. La cultura no es turismo. Es posible el turismo cultural pero no se puede convertir a la cultura en sucedáneo del turismo. La cultura es protección y proyección pero no frivolidad. Que vengan los extranjeros que deseen conocer y preservar nuestra cultura no quienes deseen frivolizarla. Mientras no se cambie ese criterio –y no se ha cambiado desde Sari, poco podemos esperar de Sáizar. Y no cambiará porque ya dijo que eso fue lo que Calderón le pidió y por si no se había entendido, ella aseguró continuidad.

Criticamos la situación de la cultura en Veracruz pero esta situación se ha convertido en un reflejo de lo que acontece en México. Aquí también carecemos de legislación, aquí tampoco atendemos a la cultura sino en su faceta de turismo. Y para los siempre esperanzados miembros de la comunidad artística y cultural –algunos tan ilusos que sueñan con puestos, becas, prebendas–, les pido reflexionen en lo siguiente. El martes 3 de marzo, cuando Calderón presentó a los relevos de su gabinete, al referirse a Jaime Torres Bodet, pésimo poeta pero uno de los héroes fundadores de nuestra modernidad y política cultural a través de su gestión como secretario de Educación Pública, lo recordó como uno de los grandes secretarios de este país en materia de Seguridad Pública. Más claro ni el agua.

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